Era ella, su sofisticación, su
frialdad y su intento frustrado de ser especial, era ella, sin más y por
desventura; nada le salía como debiera.
Una noche la encontré tirada sobre las
escaleras, con postura de haber caído de bruces, con una carrera en las medias,
los ojos vidriosos y el rímel sin retocar.
“Serpenteo, correr de carretera.
Todo lo que yo no había pensado ser, siendo y dejando de ser… todo al mismo
tiempo. Es duro… La senda que nunca has de pisar… no por nada, sino porque ni cuestionado
estaba cuando me cerraron la veda. ¡Qué envidia malsana de aquellas que la
andan!”
Esto fue lo que me dijo cuando la
intenté levantar. Así que allí la dejé, a medio desmembrar por miedo a tener
que descifrar aquello, por temor a sentirme como ella.
Me la imaginé, horas antes de mi
llegada, entrando en casa, con los restos de su castillo de sueños aun en
brazos… dejándolos caer con ella por las escaleras. Me la imagino queriendo
poner a juego su corazón hecho trizas, con su cabeza. Espectáculo dantesco del
que solo pude admirar el bodegón final…
Poco después la escuché suspirar…
y pensé; Facilidad innata la femenina, la de crear y hacer crecer ilusiones sin
base alguna en el sentido común de las cosas.
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